¿Te ha pasado alguna vez que te has mirado en el espejo y no te sientes identificada con lo que ves? Cada uno de nosotros tenemos en nuestra mente una idea sobre nuestro propio cuerpo, la cual en muchas ocasiones no se corresponde con la realidad. La imagen corporal (IC) hace referencia a la manera en que nos percibimos, nos sentimos y actuamos con respecto a nuestro cuerpo y a cada una de sus partes, y también incluye la idea que yo creo que los demás tienen sobre mi imagen.
Está formada por diferentes componentes:
- Componente perceptivo: precisión con la que percibimos el tamaño y forma del cuerpo en su totalidad o de algunas de sus partes. La alteración de este componente da lugar a la sobreestimación o subestimación (distorsión de la IC). Por ejemplo: percibir el cuerpo “gordo” o “delgado”, nuestras caderas como “anchas” o nuestros brazos “flácidos” o “musculados”.
- Componente subjetivo (cognitivo-afectivo): pensamientos, sentimientos, emociones y actitudes que nos genera la valoración que hacemos del propio cuerpo. Por ejemplo: sentir satisfacción/insatisfacción corporal, placer/preocupación, ansiedad, etc.
- Componente conductual: conductas que la percepción y los sentimientos provocan. Por ejemplo: evitación de situaciones donde se expone el cuerpo a los demás (ir a la playa, usar ropa ancha…) o conductas de exhibición, etc.
La formación de la imagen corporal comienza a edades tempranas, va cambiando a lo largo de la vida en función de las influencias sociales y nuestras experiencias personales, entre otras.

El conflicto surge cuando la diferencia percibida entre la “imagen corporal” y el “ideal de belleza que se quiere conseguir” genera cambios en nuestro contexto interno (pensamientos, actitud y motivación) que provocan rechazo y evitación hacia el propio cuerpo. Esto puede llevar a poner en marcha conductas de control de peso poco saludables (dietas restrictivas, vómitos, ingesta compulsiva, uso laxantes o la realización de ejercicio físico excesivo) para intentar conseguir el cuerpo que se desea. La insatisfacción corporal es un factor de riesgo para el desarrollo de ciertos trastornos relacionados tanto con la conducta alimentaria (TCA) como con la IC. Tener una imagen negativa de nosotros mismos también afecta a nuestra autoestima, haciendo que no seamos capaces de valorar cualidades positivas en otras áreas de nuestra vida: nuestra valía depende de nuestra apariencia física.
Espejos en la práctica deportiva y su impacto en la imagen corporal
Existen algunas disciplinas deportivas, como la gimnasia, la danza, el patinaje, el atletismo o los deportes de resistencia, que promueven determinados estereotipos. Esto aumenta la preocupación por el cuerpo, generando percepciones y sentimientos que provocan insatisfacción corporal. Estas disciplinas tienen ciertas características que promueven dichas conductas, como estar expuestos a valoraciones de jueces, deportes que se ven favorecidos por tener un bajo peso o aquellos en los que se usa ropa ajustada para marcar la silueta.
Un factor contextual que favorece que el cuerpo se convierta en el centro de atención son los ESPEJOS. En aquellas personas en las que la relación con su cuerpo no es la adecuada actúa como disparador de creencias irracionales y de ideas sobrevaloradas respecto a la apariencia física. Los espejos se convierten en un factor de riesgo que mantiene esa insatisfacción corporal. Las personas lo pueden utilizar como conducta de chequeo (mirarse continuamente), como estrategia de evitación o como disparador de pensamientos de comparación, ya que permite observar constantemente cuerpos ajenos.
La utilidad de los espejos recae en la obtención de un feedback visual inmediato, lo cual es útil para corregir la postura y los movimientos corporales. Una vez aprendido el movimiento, sería interesante practicarlo sin mirarnos. Al reducir la frecuencia con la que nos miramos en el espejo, disminuye la importancia que le damos al cuerpo y las valoraciones negativas sobre él.

Estas conductas de comprobación se ven potenciadas cuando tenemos continuamente un espejo delante, ya que funcionan como disparadores de pensamientos obsesivos con relación a verse lejos de la IC que desean conseguir, y como consecuencia de esa comparación, aparecen pensamientos dirigidos hacia la comida. Los bailarines de algunos tipos de danzas tienen mayor vulnerabilidad de sufrir un TCA por el tipo de cuerpo ideal de delgadez que se promueve, generando en ellos miedo a engordar. Por otro lado, en los fisioculturistas profesionales el chequeo se dirige a valorar de manera continua cómo evoluciona el aumento de la masa muscular, incrementando el riesgo de sufrir trastornos como vigorexia o dismorfia corporal. Esto está influido por los estereotipos culturales: en la mujer están dirigidos al ideal de delgadez y en el hombre con el ideal de mostrarse fuertes y musculados.
En muchas ocasiones, son los propios espejos los que distorsionan el reflejo de nuestro cuerpo y esto se debe a que su inclinación puede estar modificada para que la imagen que se refleja se vea reducida y tú percibas una imagen “más delgada”. Este fenómeno también ocurre en los espejos de los probadores, haciendo que nos veamos “más gruesos/as” o “más delgados/as”.
No consiste en eliminar los espejos y evitar el reflejo en todo momento, sino en reducir su uso cuando no sea necesario ni adaptativo. Se ha comprobado que un buen uso del espejo en la práctica deportiva ayuda a mejorar la calidad de la técnica, a promover una mayor satisfacción corporal e, indirectamente, a mejorar la propiocepción, factor de protección muy importante frente a la insatisfacción corporal.
¿Qué relación tiene la propiocepción con la imagen corporal?
Para comprender mejor la IC, es importante tener en cuenta el esquema corporal (sería como una “imagen espacial” del cuerpo). Se refiere a la representación mental del cuerpo que nos permite tomar conciencia de sus diferentes partes, tanto en estático como en movimiento, en relación con el entorno que nos rodea. Está relacionada con la parte más motriz y se desarrolla en base a la información sensorial que nos llega a través de la propiocepción. Este sentido comienza a desarrollarse cuando somos pequeños y nos ayuda a entender dónde están las partes del cuerpo en cada momento y cómo se mueven.
Percibir nuestro cuerpo, desarrollar una buena orientación espacial y aumentar la conciencia corporal de las partes de nuestro cuerpo, permite no tener que utilizar otros sentidos para comprobar que estamos haciendo bien los movimientos. Evitar distracciones como los espejos ayuda a centrarnos solamente en el propio movimiento.
La insatisfacción corporal genera falta de conciencia sobre las sensaciones y estados corporales, así como falta de contacto con el propio cuerpo. La conciencia corporal nos ayuda reconocer el cuerpo, observándolo sin juzgarlo, lo cual da lugar a una experiencia más positiva con él y ayuda a mejorar la IC. Disciplinas como el yoga han demostrado su eficacia para mejorar la relación con nuestro cuerpo.

Entonces, ¿espejos sí o no?
Los espejos no son ni malos ni buenos: es la relación que tú tengas con ellos. Ocurre lo mismo con las redes sociales (depende del uso que tú hagas de ellas, podrán ser útiles o disfuncionales para ti) o las amistades (depende del vínculo que tú hayas creado con cada una de ellas, serán más beneficiosas o no para ti). Para la aceptación corporal y la mejora de la IC, debemos trabajar en los componentes perceptivos, emocionales y conductuales que la forman. Si en estos momentos, el uso del espejo puede estar manteniendo conductas de control hacia tu cuerpo y tu alimentación porque no te sientes satisfecho/a con tu imagen, lo más recomendable será que reduzcas su uso; por otro lado, si no tienes una mala relación con tu imagen ni con tu cuerpo, probablemente no estés utilizando los espejos de manera disfuncional: no habría por qué cambiar tu forma de utilizarlo.
Autora: Alicia Cartujo, psicóloga.
Aquí te dejamos algunas de las referencias bibliográficas utilizadas para la elaboración del artículo
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