¿Te ha pasado alguna vez que, ante una determinada situación, tu amigo/a se ha comportado de manera diferente a cómo tú lo harías, y te cuesta comprender por qué ha actuado así? No lo hace para llevarte la contraria ni para hacerte daño. Lo que ocurre es que cada persona tenemos unas necesidades diferentes, y lo que yo necesito puede ser diferente a lo que tú necesitas. A continuación, te vamos a explicar que hay detrás de estas necesidades (en especial, emocionales), las cuales nos llevan a comportarnos de manera tan diferente.
¿Qué nos lleva a querer satisfacer esas necesidades?
Las necesidades son entendidas como una carencia que altera nuestro equilibrio físico o emocional. Por ejemplo, ante la necesidad de seguridad, puede haber una carencia de seguridad física, económica y de salud, así como de estabilidad. La motivación es la presión que nos impulsa a satisfacer esas necesidades, influyendo en nuestro comportamiento y provocando la realización u omisión de acciones para cubrir dichas necesidades. Pero, ¿qué es realmente la motivación? Se define como “cualquier operación ambiental que afecta temporalmente a la eficacia del reforzador”, es decir, cualquier manipulación o cambio que las personas hacemos en nuestro contexto y que tiene un efecto en la realización o no de determinadas conductas para la obtención de un reforzador (consecuencia que hace que aumente o se mantenga la conducta). Ante la necesidad de comer (“carencia o privación de comida”), buscaremos la realización de conductas que nos lleven a obtención comida. En este contexto aumentará el valor reforzante de la comida (más deseo por las consecuencias que anticipamos que se darán de saciedad), así como la presencia de estímulos que nos indiquen la existencia de comida (pasar por delante de una tienda de comida).
Existen diferentes tipos de motivaciones que influyen en estas conductas:
- Motivaciones no adquiridas o primarias, como el hambre, la sed, el sueño, la respiración o el dolor. Están relacionadas con la supervivencia del ser humano y con la búsqueda de seguridad y protección. La manera de cubrirla es universal.
- Motivaciones adquiridas o secundarias, como el reconocimiento, el afecto, la pertenencia, el autocontrol o el poder. Estas se adquieren a través de un proceso de aprendizaje a lo largo de nuestra vida y se modifican a través de la interacción con el entorno. Están influidas por las creencias que hemos ido desarrollando a través de nuestra experiencia vital y por nuestro contexto social y cultural. Estas necesidades también necesitan ser satisfechas para nuestro desarrollo y crecimiento personal (“autorrealización”). Los factores motivacionales adquiridos son los que más influyen en las conductas que desarrollamos para cubrirlas. En este caso, no todos/as las cubrimos de la misma forma.

La motivación no es algo que se tenga o no se tenga: es la anticipación de los reforzadores lo que nos lleva a realizar la conducta. Por ejemplo, ante el pensamiento de “hoy no me apetece ir a clase de baile, pero sé que luego me sentiré mejor”, estoy anticipando el reforzador que en situaciones anteriores he obtenido. Esto me movilizará para iniciar la conducta.
¿Cómo se desarrollan nuestras necesidades?
El desarrollo de estas necesidades comienza desde que nacemos. Cuando somos pequeños, dependemos de nuestros cuidadores/as para poder cubrirlas. Son ellos/as quienes nos ayudan a identificarlas y expresarlas; por ejemplo, a través del llanto o el enfado expresamos necesidades de hambre, sueño o afecto. A medida que crecemos, somos nosotros/as quienes aprendemos a identificarlas y a llevar a cabo conductas para satisfacerlas. Ante estímulos como un bostezo o tiritar, es fácil para el resto identificar que lo que necesitamos es dormir o un abrigo, respectivamente. Sin embargo, cuando lo que experimentamos son necesidades de tipo emocional, estas, en muchas ocasiones, no son tangibles (no se ven). Por ejemplo, podemos necesitar que nos escuchen hablar de un tema que nos preocupa, pero la otra persona puede tener dificultades para percibir que tenemos esta necesidad, a no ser que se la comuniquemos de manera explícita.
Aquí la importancia de un contexto de seguridad y cuidado que nos ayude a identificar las emociones que estamos sintiendo, así como a expresarlas y comunicarlas de manera funcional para poder relacionarnos con los demás de manera sana. La observación de las reacciones emocionales y de la gestión que nuestros referentes hacen de ellas también influye en la adquisición de estrategias para la propia autorregulación emocional y para la satisfacción de nuestras necesidades.

Todo ello hace que nuestra historia de aprendizaje y de creencias así como nuestra interacción con el entorno sea diferente, haciendo que cada persona aprenda a satisfacer sus necesidades de la manera que ha aprendido. Esto influye en el desarrollo de reglas rígidas sobre cómo deben comportarse los demás. Cualquier estímulo social que no encaje con lo que creemos que “deberían hacer”, generará emociones de enfadado, decepción y/o frustración, pero también pensamientos negativos: “lo hace para fastidiar”, “no me entiende” o “si fuese mi amigo/a lo entendería”. Estas verbalizaciones privadas nos sirven para desahogarnos de aquello que nos genera malestar pero, a su vez, nos ponen en contacto con más estimulación aversiva, aumentando ese enfado y malestar.
Lo que para mí puede ser normativo, para ti puede no serlo tanto. Por ejemplo, ante la “sensación de vacío”, cada persona realizará una conducta para obtener el reforzador de “sentirse lleno”: comer, comprar, consumir sustancias o quedar con sus amistades. Ante una persona que nos habla mal, las personas reaccionamos diferente: unos/as con enfado desde la necesidad de defenderse («¿quién se cree para hablarme así?»), y otros/as desde la necesidad de alivio de su preocupación (“¿Qué te pasa?”).
¿Qué ocurre con las necesidades de los demás?
Cada persona expresamos y necesitamos satisfacer las necesidades de manera diferente. Por ejemplo, ante la incapacidad de expresar nuestra opinión o la necesidad de afecto y atención, hay personas con dificultades para regular sus emociones que lo expresarán a través del enfado, mientras que otras que han trabajado su forma de regularse podrán hacerlo mediante la comunicación asertiva de su malestar.
Esperar que las personas actúen como nosotros/as lo haríamos o que necesiten satisfacer sus necesidades igual que nosotros/as hará que impongamos nuestra opinión sobre lo que está “bien o mal”. Esto propiciará que la persona se sienta invalidada a nuestro lado y que sienta que sus necesidades y sentimientos no son importantes. ¿Qué podemos hacer para validar las necesidades de los demás?
- Lo primero: “¿Me han preguntado mi opinión?”. En muchas ocasiones las personas solo necesitan desahogarse y sentirse escuchadas.
- En caso de querer expresarla, es importarte preguntar previamente y cuidar el modo en que vamos a hacerlo: “¿Qué puedo hacer para qué te sientas mejor?” en lugar de decirle lo que yo haría y me serviría, o «¿Te gustaría saber mi opinión?».
- Evita hacer juicios: “no es para tanto”, “hay gente peor que tú”, “deberías estar ya bien, ha pasado mucho tiempo”. En su lugar, ofrece escucha, apoyo y compresión, desde la empatía, la aceptación y el respeto.
- Las personas tenemos derecho a cometer errores y experimentar las consecuencias. Esto será una experiencia de aprendizaje que nos dará la oportunidad de modificar nuestros comportamientos.
- Si esa decisión tiene consecuencias negativas sobre ti, tienes derecho a alejarte y mantenerte al margen de su decisión.

Conclusión
Cada persona tenemos una historia de vida y de aprendizaje diferentes. Esto hace que la forma en la que hemos aprendido a identificar, expresar y satisfacer nuestras necesidades, así como las creencias que hemos desarrollando acerca de lo que es “normativo”, también lo sean.
Imponer nuestro criterio sobre cómo deben comportarse los demás o que nos los impongan a nosotros, generará sentimientos de invalidación, pudiendo dañar la relación que tenemos con esa persona y haciendo que nos alejemos. En su lugar, crear un contexto de validación y aceptación, un lugar seguro donde poder sentirnos escuchados, comprendidos y respetados.
Autora: Alicia Cartujo, psicóloga.
Aquí te dejamos algunas de las referencias bibliográficas utilizadas para la elaboración del artículo
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