Qué ocurre
Cuando un niño o adolescente empieza a tener dificultades emocionales o de conducta, suele verse reflejado en cambios muy concretos del día a día. No se trata de si es “sensible”, “movido/a”, “tímido/a” o “inmaduro/a”, sino de cómo responde a determinadas situaciones y cómo esos patrones se mantienen con el tiempo.
En consulta suelen aparecer comportamientos como:
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Rabietas, explosiones o enfados que duran mucho o aparecen por pequeñas cosas.
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Ansiedad: miedos intensos, preocupación constante, rechazo a situaciones nuevas o separarse de las figuras de referencia.
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Dificultad para relacionarse o problemas en el colegio con iguales.
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Bajadas en el rendimiento académico, falta de concentración o desmotivación.
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Cambios bruscos de humor o irritabilidad.
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Dificultad para dormir, pesadillas o resistencia a la hora de acostarse.
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Somatizaciones: dolores de barriga o cabeza sin causa médica clara.
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Aislamiento, pérdida de interés por actividades o juego.
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Comportamientos impulsivos: mentiras, discusiones, agresividad, conductas arriesgadas (más común en adolescentes).
Estos patrones no son un “problema del niño/a”: son señales de que algo en su entorno, rutina o forma de manejar emociones necesita apoyo.
Cómo se vive en casa
La familia suele notar:
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Más tensión en el día a día.
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Dificultad para poner límites sin que termine en conflicto.
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Preocupación por cómo le está afectando el colegio, amistades o cambios recientes.
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Sensación de “no sé qué más probar”.
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Inseguridad sobre si lo que hace ayuda o empeora la situación.
Es normal: nadie recibe un manual sobre cómo responder a ciertas conductas, y cada niño/a es diferente.
Cómo trabajamos
El trabajo con niños/as y adolescentes siempre incluye a la familia, porque es lo que garantiza cambios reales y estables. Nos centramos en:
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Entender las conductas en contexto: cuándo aparecen, qué las dispara y qué las mantiene.
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Dar herramientas al niño/a o adolescente para manejar emociones, frustración y preocupaciones.
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Enseñar formas alternativas de actuar cuando sienten miedo, rabia o tristeza.
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Acompañar a las familias para que puedan responder de manera clara, consistente y eficaz.
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Mejorar rutinas: sueño, pantallas, tareas, autocuidado, horarios.
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Coordinar con el colegio cuando es necesario.
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Ajustar expectativas para que todos sepan qué esperar en cada fase.
Qué podemos lograr
De manera realista, el trabajo conjunto suele conseguir:
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Menos enfados, menos impulsividad y más capacidad para calmarse.
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Menos miedos, menos evitación y más seguridad para enfrentarse a situaciones nuevas.
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Mejor relación con iguales y con la familia.
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Días más estables, con menos conflictos en casa.
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Mejora en sueño, rutinas y hábitos.
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Aumento del bienestar, autonomía y autoestima.
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Mayor claridad para los padres: qué hacer, qué no hacer y cómo acompañar sin desgaste.
El objetivo no es que el niño “sea perfecto”, sino que pueda gestionar lo que siente, que la familia tenga herramientas claras y que el día a día se vuelva más llevadero para todos.